martes, 7 de enero de 2014

Un cuatro en Navidad

Hola, de nuevo. Les mencionaba en la primera entrada del blog que había comenzado recientemente a estudiar cuatro venezolano, y es que en mi universidad hay una materia obligatoria llamada cuatro funcional; era de esperarse, ¿no?. Es que no imagino un profesor de música venezolano que no sepa tocar el cuatro, que es el instrumento musical más representativo de nuestro folklore. Muy bien, este semestre, por razones que en otra oportunidad mencionaré (aunque cualquier estudiante universitario de Venezuela ha de conocer bien), mi segundo semestre ha sido irregular en todo sentido: comenzando por un inicio en una fecha distinta a la debida, hasta pasar por el hecho de que es un semestre de cuatro meses -¿Qué loco, no?. Todo esto ha hecho que el contenido programático de las materias haya tenido que ser condensado... muy condensado. Esta materia corresponde a este semestre (que acaba de culminar este viernes, por cierto). Aún así, no es ésta la primera vez que recibo clases de cuatro: en tercer grado de primaria, intentaron enseñarme en la clase de música del colegio... y yo intenté aprender, por supuesto. Pero, lo cierto es que lo único que me quedó de aquella vez fue el instrumento, regalo de mi madre, y que, en su estuche, terminó llevando polvo durante casi 15 años y siendo un compañero de mudanzas que llevaba yo en el hombro en aquellas oportunidades para evitar que se rompiera. No lo sabía tocar, no buscaba el tiempo para aprender... pero, indudablemente, le tenía cariño.  Este cuatro del que les hablo es bastante sencillo, aunque de un conocido fabricante de cuatros: Ángel Camacaro.
Un viernes de noviembre, bajé al teléfono una app que funciona como afinador, comencé a averiguar por mi parte lo que podía sobre la teoría de construcción de acordes, compré cuerdas nuevas y comencé a sacar canciones por oído; durante los primeros dos días saqué un aguinaldo de Simón Díaz, El Niño Jesús Llanero (pues se acercaba navidad) y al final de la primera semana ya había sacado Moliendo Café, de Hugo Blanco, canción que siempre me ha gustado, y Como Llora Una Estrella, vals venezolano con música de Antonio Carrillo; esta última para cantársela a mi abuela que cumplía años esa semana. El viernes siguiente, emocionado con mis avances, me grabé en video tocando Moliendo Café y lo envié a varias personas por WhatsApp, empezando por mi papá, que no me había escuchado (no vivo con él). Se emocionó bastante: sin saberlo toqué su canción venezolana favorita.
Una vez que agarré el cuatro, no lo solté más: practicaba todos los días... así que, cuando llegó navidad ya yo tenía mi pequeña parranda armada, un montón de aguinaldos a cuatro y voz. Y me fui a pasar la semana del 25 con mi papá en unas villas de Sotillo, piscina incluída, mi cuatro a cuestas... Allá animamos la fiesta con aguinaldos...
Al repartir los regalos me sorprendieron, pues yo no esperaba recibir nada porque mi regalo -una batería para la laptop-, había sido comprado por Amazon y llegará aquí sabe Dios cuándo. ¡Un cuatro de concierto, me regalaron un cuatro de concierto! 15 trastes, caja delgada, madera lacada, un sonido amplio y redondo, espectacular, obra de los Timaure: una familia de reconocidos constructores de cuatros. Ahora era mi turno de emocionarme... y emocionarme en verdad. En seguida toqué una canción para la familia, y acto seguido tomé una foto de baja calidad con mi celular al cuatro y la envié a mi mamá y cuanto amigo músico tengo en WhatsApp.
De regreso a Caracas, al final de la semana, pasamos por Playa Los Totumos, en Higuerote... Debo decir que todo el tiempo que estuvimos ahí lo único que hice, además de un paseo en lancha de 15 minutos,
fue tocar.
Una foto con mi hermanito, que no se quería quitar los lentes de agua.
Amo mi regalo, dicen que debo ponerle nombre... aún no sé cuál. Definitivamente el mejor regalo que le pueden hacer a un músico es un buen instrumento.


Hasta luego, amigos. Abrazos para todos, besos a quien corresponda.

Abraham Medina

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