jueves, 23 de enero de 2014

El taller de Humberto Lobo

Hoy en la tarde José Luis Valero me llevó al taller del luthier Humberto Lobo, y me acompañaron Ángel, Evelyn, Laura y Mishelle López -una amiga que estudia educación inicial en nuestra universidad-. Fuimos a la calle San Fidel de Sarría, hasta una casa vieja, con un anuncio oxidado sobre la entrada de un estacionamiento, que decía "Fábrica de arpas Sono Lobo". En la entrada de la casa, José Luis llamó asomándose a través de la reja azul y nos recibió un perro desaliñado, de color claro, entre ladridos y jadeos y más atrás sonó una voz que gritaba «¡Danger, quédate quieto!, en lo que el hombre abrió la puerta, Danger salió corriendo a ladrarle a algo o alguien unos metros más allá. Adentro, el aroma a barniz y madera estaba en todos lados, habían cuadros en las paredes, un piano viejo y bastante destartalado al lado de la puerta -algún paciente, seguro-, el cadáver de alguno que otro instrumento yacía sobre una silla, una mesita, una caja, o algún montón de goma espuma: guitarras y cuatros con daños mucho mayores que el mío, y yo me preguntaba cómo rayos los habrían roto de tales formas; también había una docena de arpas terminadas, espectaculares, listas para la venta; Valero preguntó por el señor Humberto, me pidió mi cuatro y fue a mostrárselo atrás en el taller.
Mientras ellos dos hablaban allá atrás, lejos de mi vista y mi oído, yo me sentía como si esperara afuera de una sala de emergencias; Ángel y yo dábamos vueltas en círculos -yo, preguntándome si tendría arreglo, y él convenciéndome de que sí-. Las tres chicas trataban de jugar con Danger, que había vuelto a entrar en algún momento, así que decidí sentarme y hacer lo mismo; entonces salieron Valero y el luthier: un señor mayor, con un traje azul como el que usan los mecánicos, lleno de barniz y aserrín, de cara amable -es merideño-. Nos presentamos y comenzamos a hablar del cuatro: me dijo que tenía arreglo, que no era tan grave y, como para convencerme de la calidad de su trabajo, me mostró un cuatro restaurado que sonaba muy bien... también me dio a tocar uno hecho por él. Ambos tenían micrófonos instalados, así que le pregunté sobre el tema; me explicó que se los instalaba a casi todos los instrumentos que pasaban por su taller y a los que él mismo fabricaba, me hizo notar que las arpas que estaban allí en la sala también los tenían. José Luis le pidió al luthier que me tratara como lo haría con él y se fue.
Lobo me invitó a pasar al taller, donde me mostró cantidad de instrumentos que estaba reparando, luego me enseñó un cuatro de concierto hecho de palo santo... cada vez me gustaba más el trabajo de este señor, de hecho, le pregunté si podía enseñarme luthería, me dijo que sí.
Durante el tiempo que estuve ahí, sólo pensaba en cuánto costaría la reparación, pero me parecía descortés interrumpir la conversación -bastante amena, debo decir- en la que habíamos caído, pero cuando por fin hablamos de eso, me sorprendí por el precio: me cobraría Bs. 400 (para los que no son de Venezuela: hoy día eso equivale a lo que uno se puede gastar en una pizza tamaño familiar)... le pelé los ojos a Ángel, por lo barato que me parecía, intentamos disimular nuestra alegría, y aproveché para preguntar cuánto costaría ponerle el micrófono, él respondió: «Ehm... Setecientos». «Osea, que serían mil cien...» dije para confirmar, pero él me aclaró que no, que eran Bs. 700 por todo, ¡era magnífico! de modo que pedí que lo incluyera en el recibo, anotó su número de teléfono y me dijo que lo llamara la semana siguiente.
Luego de despedirnos y después de un último agradecimiento al señor Humberto, salimos de ahí. Yo tenía una sensación de alivio y alegría que, sabía, mis amigos compartían.Al llegar al metro, "calabaza" (cada quien para su casa).
Hasta pronto, amigos míos. Espero tener mi cuatro listo para la próxima vez que les escriba. Abrazos para todos y besos a quien corresponda.

Abraham Medina

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