Ayer, llegando a mi casa, pasó algo horrible... Partí el cuatro... Sí, lo partí. Cuando iba llegando a mi casa en la noche, iba a bajar del autobús y el chofer arrancó antes de que yo pusiera el pie en el piso. Como llevaba el forro del cuatro en la mano y no en la espalda, al intentar mantener el equilibro terminé golpeándolo de lleno contra el autobús y luego lo dejé caer al suelo. Asustado, lo tomé del piso y me senté en unos escalones que están en la acera, lo saqué del estuche y sentí un gran vacío en el estómago: estaba astillada la caja, rajada por la cara posterior, por los lados y el mástil estaba separado de la cara frontal de la caja. Un señor que escuchó el golpe y, posiblemente, algún insulto de mi parte hacia el conductor, se acercó a mí y me preguntó si estaba bien... Entre mi rabia y mi negación a la realidad, preferí no hablar y me limité a mostrarle el cuatro, el hombre hizo una mueca de dolor y me dijo «¡Ay, hermanito, yo soy músico! ¡Qué dolor!». De algún modo me hizo sentir bien saber que él me entendía, así que me paré le dí las gracias por preocuparse y, antes de irme, me quejé un poco de lo caro que podría salirme la reparación -si es que era reparable-.
Caminé tres cuadras hasta mi casa mientras llamaba a mi amigo Ángel Míguez, de la universidad; él estaba estudiando con José Luis Valero, un Señor Músico que estudia también en la universidad, a quien se lo comentó. Me dijo que me calmara y lo llevara al día siguiente a la universidad que allá podríamos resolver.
Al llegar a mi casa saqué el cuatro del estuche, le quité las cuerdas para que no siguiera quebrándose la madera por la tensión y lo puse sobre la cama para tomarle algunas fotos y mandárselas a Ángel.
Podrán entender que dudaba que fuera buena idea llamar a mi papá para contarle, así que pasó un buen rato antes de que me decidiera a hacerlo. Cuando lo llamé y empecé a contarle, comencé a llorar como un un niño, especialmente porque dudaba que fuera reparable. Él me dijo que no me preocupara, que averiguara por mi cuenta qué se podía hacer: si aquí había algún luthier que lo reparara y cuánto costaría; en última instancia él se comunicaría con Timaure, el fabricante. Dijo que me ayudaría en la medida de lo posible para pagar la reparación y que, si no era reparable, veríamos cómo se podía hacer para comprar otro.
Hoy, cuando fui a la universidad, todos mis amigos sabían ya lo que había pasado y me daban el pésame como si de un familiar se tratara. En el Siso estudia alguno que otro luthier, y eran mi primera opción, pero José Luis me recomendó a uno que tiene años dedicado a la fabricación de instrumentos típicos venezolanos, especialmente de arpas; su nombre es Humberto Lobo, lo iremos a ver mañana, jueves, así que esta tarde dejé el cuatro en la universidad, en la oficina de la Federación y salí de ahí sintiéndome desnudo.
Luego les cuento cómo resulta todo. Abrazos a todos, besos a quien corresponda.
Abraham Medina


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